Con cada publicación mensual de las estadísticas de la Administración Nacional de Aduanas de China, el mercado toma el pulso de los pasos dados por el principal comprador global de poroto de soja. Pero en el nivel local, una vez más las cifras del organismo muestran la pérdida de participación de la mercadería argentina en el total de las crecientes importaciones chinas.

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En efecto, durante los primeros once meses de 2017 la participación del poroto de soja argentino en el mercado chino cayó al 6,9% desde el 10,8% logrado en igual período de 2016. En el detalle del trabajo de la aduana se aprecia que el total de las ventas de la Argentina hasta fines del mes pasado sumó 5.942.154 toneladas, un volumen que resultó 25,9% inferior al despachado en el mismo segmento del año pasado, de 8.014.549 toneladas. En divisas, con una referencia de mercado de un valor FOB promedio de 370 dólares por tonelada, la caída interanual del volumen exportado a China implicó una pérdida de US$ 766,7 millones.

El retroceso argentino contrastó con las cifras generales de las importaciones chinas de poroto de soja, que al cierre del relevamiento oficial de noviembre totalizaron 85.990.261 toneladas, 15,8% más que en igual segmento de 2016, de 74.238.817 toneladas. También contrastó con el crecimiento interanual de las ventas de Brasil a China, del 29,9%, tras pasar de 37.723.913 a 48.986.831 toneladas, y con el incremento de las exportaciones de Uruguay, del 45,6%, luego de variar de 1.661.416 a 2.419.351 toneladas.

Acerca del aceite de soja, la aduana de China informó que al cierre de noviembre las importaciones totales sumaron 620.909 toneladas e implicaron un crecimiento interanual del 18,6% frente a las 523.513 toneladas de 2016. Entre los abastecedores, la Argentina quedó relegada al 9° lugar, con ventas por 739 toneladas. Brasil es el principal proveedor, con 338.848 toneladas.

Pero el mal desempeño de las exportaciones del complejo sojero no se limitaron a China. En efecto, según la referencia de las cifras publicadas el viernes por el Senasa, con datos al cierre de noviembre, las ventas de poroto de soja evidencian una caída interanual del 34,1%, al pasar de 11.293.712 a 7.446.463 toneladas; las de harina, un retroceso del 35,3%, de 23.859.474 a 15.416.760 toneladas, y las de aceite, un derrumbe del 82,6%, de 4.264.054 a 740.931 toneladas.

Para completar el cuadro, en los primeros diez meses de 2017 el Ministerio de Energía de la Nación relevó la exportación de 1,2 millones de toneladas de biodiésel, un 4,1% menos que en igual período de 2016, en el que se despacharon 1,3 millones de toneladas. Vale señalar que ante la previsión del cierre del mercado estadounidense, muchas firmas anticiparon envíos durante el primer semestre del año, por lo que el impacto de la pérdida del principal mercado para el agrocombustible argentino se evidenciaría con mayor claridad durante 2018.

Las cifras negativas de las exportaciones del complejo sojero son motivo de preocupación en la industria, donde se apunta a la demora en la comercialización de la materia prima en el mercado local. “Todo esto determina que la industria de molienda esté con una capacidad ociosa de entre el 35 y el 36%, cuando lo máximo tolerable para la operación, de manera que no se sobrecarguen los costos fijos, ronda entre el 12 y el 14%”, explicó Andrés R. Alcaraz, gerente de la Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina. Y añadió que la situación genera “preocupación” por el incremento de los costos fijos y por la caída de los márgenes.

Para Adrián Seltzer, de la corredora Granar SA, el hecho de que aún queden entre 15 y 18 millones de toneladas de soja sin ser comercializadas “implica un claro riesgo” frente a una eventual caída de los precios cuando todo ese volumen salga al mercado. “El productor es eternamente alcista y siempre inicia su análisis con la expectativa de que el precio de mañana será mayor al de hoy. Para peor, ese razonamiento generalmente no va acompañado de una estrategia comercial que minimice el riesgo si eso no se cumple”, dijo Seltzer .

Fuente: La Nación