Técnicos del INTA analizan la incorporación de semihidroponía como alternativa para optimizar el uso del espacio físico en zonas urbanas. Se realiza en altura para facilitar el trabajo de los cosecheros, aumenta la cantidad de plantines y disminuye los problemas sanitarios.

Con 300 hectáreas plantadas, Coronda –Santa Fe– es una de las principales localidades de la Argentina que se dedica a la producción de frutillas, así como lo hacen Arroyo Leyes con 40 hectáreas y Santa Rosa de Calchines. No obstante, se trata de una actividad limitada por el avance inmobiliario sobre los predios productivos.
Como respuesta a esta problemática, técnicos del INTA Coronda –junto con productores y proveedores de insumos– investigan la producción semihidropónica de frutillas en la localidad de Desvío Arijón. En este sentido, María del Huerto Sordo, responsable del ensayo, destacó la importancia de buscar alternativas tecnológicas para optimizar el uso del espacio físico y disminuir la aplicación de agroquímicos.
“Analizamos la incorporación de la producción semihidropónica de frutillas, sobre todo porque vuelve más confortable el trabajo de los cosecheros y la posibilidad de no tener contacto con el piso evita enfermedades en las plantas y minimiza el uso de agroquímicos”, señaló la investigadora del INTA.
En la producción semihidropónica, los plantines se desarrollan en un sustrato alternativo a la tierra y reciben aportes nutricionales mediante el riego con aplicación de fertilizantes. De acuerdo con estimaciones de Sordo, esta tecnología permitiría incrementar la producción y los rendimientos por unidad de superficie mediante la disminución de la distancia entre plantas (15 centímetros en vez de los 30 convencionales) y la implantación a diferentes niveles de altura.
“Comenzamos el primer ensayo en 2017 y, a la par, también lo hicieron tres emprendimientos productivos de la zona”, indicó Sordo. En 2018, se sumaron otros tres agricultores.
Si bien la instalación de este sistema requiere una inversión inicial –el doble respecto de un sistema convencional–, Sordo puntualizó en las ventajas a corto y mediano plazo: “Al no requerir desinfección de suelos –práctica habitual en el cultivo– se elimina el uso de bromuro de metilo y sus derivados, que son los productos químicos más contaminantes”, aseguró.
Asimismo, indicó que, en este ensayo en particular, se conservaron las plantas y el sustrato para un segundo año de producción. “Esta decisión requirió cuidados en verano como la conservación bajo media sombra y podas”, describió la especialista del INTA, al tiempo que afirmó: “Gracias a este manejo, las plantas conservaron su potencial productivo en calidad y cantidad, con rindes de entre 30 y 35 toneladas por hectárea”.
“Avanzamos en el desarrollo de propuestas productivas para los agricultores, con la expectativa de que esta tecnología les permita producir en los bordes urbanos, donde las dimensiones de los lotes son más pequeñas”, expresó Sordo.
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