Investigadores de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) y el CONICET elaboraron un mapa de riego ante la aparición de malezas resistentes al herbicida glifosato en la Argentina, según el cual las provincias del Norte no son las únicas afectadas por este inconveniente, porque existen condiciones para que el fenómeno se extienda a otras regiones del país, incluso de la Zona Núcleo.
Según el trabajo, existen zonas donde todavía no se detectó la resistencia, pero que tienen un riesgo equivalente al NOA (como parte del sur de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos), y nada hace pensar que el evento no podría aparecer allí. Además, hay otras zonas que presentan un riesgo aún mayor a las regiones dónde ya apareció resistencia, como el centro-norte de Córdoba y el noroeste de Corrientes.
Claudio Ghersa, director del Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura (IFEVA), dependiente de la FAUBA y el CONICET, y responsable de la elaboración del mapa, explicó que con esta iniciativa se busca advertir a los agricultores sobre la necesidad de utilizar técnicas de manejo apropiadas para reducir la aparición de resistencia espontánea al glifosato, y, ante su eventual aparición, que el problema no se traslade a otra región.
“El fenómeno de resistencia no es nuevo para la agronomía, sin embargo las prácticas agrícolas centradas en manejos muy frecuentes y únicos para grandes zonas, conlleva a generar este problema de una manera más abundante”, aseguró, y explicó que si bien el mapa se realizó en base al Sorgo de Alepo, el modelo de estimación permite analizar la situación con otras malezas.
Según la investigación, el NOA tiene el mayor riesgo de adquirir resistencia a los agroquímicos, respecto de provincias ubicadas al sur, como La Pampa o Río Negro. Si bien en ambos lugares se pueden producir los mismos cultivos, como maíz y soja, las condiciones ecológicas relacionadas con el tipo de suelo y las altas temperatura favorecen la aparición de resistencias del sorgo de Alepo en el norte del país, por tratarse de una maleza tropical.
En la provincia de Buenos Aires, la situación es intermedia, con probabilidades dispares según la zona. “Desde el punto de vista ecológico, hay factores que aumentan la probabilidad de resistencia hacia el norte que hacia el sur de la provincia, no sólo por la latitud, sino también por la estructura de los campos”, apuntó Ghersa, quien elaboró el informe junto a Diego Ferraro, y con información del Sorgo de Alepo obtenida por Martin Vila Aiub, ambos investigadores del IFEVA, añadiendo que “la extensión (no por la propiedad de la tierra, sino por la ausencia de bordes de caminos, arboledas, por ejemplo) multiplica los riesgos, respecto de otras estructuras del paisaje donde los parches cultivados se alternan con otros no cultivados o forestados. Además, las tierras del norte bonaerense se manejan con un alto uso de insumos para el control de insectos y enfermedades, que aumentan la predisposición”.
Buenas prácticas agronómicas
“Hay una serie de buenas prácticas agronómicas que muchas veces no se emplean cuando se trata de maximizar la economía. Si el productor siempre aplica los herbicidas de un mismo modo y en grandes superficies, las especies van aumentando su capacidad de tolerar el herbicida y toda la población puede volverse inmune”, dijo el investigador de la FAUBA y el CONICET. El problema es grave: Si el agricultor aplica el herbicida, reduce la población de malezas y aumenta el rinde. Pero una vez que ésta adquiere resistencia, se pierde la herramienta y no se puede producir más.
“La pregunta es si la aparición de malezas resistentes a productos terapéuticos, debido a la selección generada por las malas prácticas agrícolas, va a impedir que se pueda seguir usando una importante herramienta de control y manejo de malezas, como el glifosato”, alertó Ghersa.
Al respecto, informó que las buenas prácticas agrícolas de manejo de malezas implican tener controles efectivos (no paliativos) con infestaciones leves: “La estrategia es sembrar con una semilla limpia, hacer una buena estructura de cultivo para que sea competitivo con la maleza, realizar los controles para que puedan ser efectivos en términos de reducción poblacional, manejar alternativas distintas a una sola manera de aplicación del producto, o estrategias que implican rotación de cultivos o diferentes técnicas de producción”.
“Además, hay que realizar controles sanitarios entre las zonas de bajo y alto riesgo. Porque si la resistencia aparece en el norte, el transporte de las semillas por el flete o una maquinaria sucia puede trasladar el problema al sur de Buenos Aires, por ejemplo, donde el riesgo de ocurrencia espontánea es muy bajo”, finalizó.
Las claves del mapa
Según Diego Ferraro, docente de la Cátedra de Cereales de la FAUBA e investigador del IFEVA, quien también participó de la elaboración del mapa de riesgo de resistencia a glifosato, “el modelo de estimación representa una serie de procesos intermedios asociados a la ocurrencia y expansión de un evento de resistencia. Para ello incorpora variables del ambiente y del manejo agrícola, de manera tal que distintos niveles de cada una de ellas estén asociadas a la probabilidad de aparición de resistencia a Glifosato en Sorgo de Alepo”.
Ferraro detalló que los aspectos a modelar, para estimar la resistencia a glifosato, son la fecundidad de la maleza, la presión de selección sobre los individuos resistentes y la simplificación del sistema agrícola.
Para modelar estos procesos intermedios, la información que utiliza el modelo abarca la cantidad de aplicaciones de glifosato, su dosis y su importancia relativa dentro del paquete de herbicidas graminicidas, la diversidad de cultivos de la rotación junto a la proporción de cultivos que son resistentes al glifosato, el origen geográfico de la maquinaria agrícola, y las temperaturas máximas y mínimas de cada una de las estaciones del año.
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