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En su afán por superar los límites, o mejor dicho violentarlos, el kirchnerismo logró imposibles. Es por todos conocido el descalabro realizado con la pérdida de millones de cabezas en el stock vacuno o la menor siembra de trigo en 110 años, después de realizar durante seis años un paquete de restricciones bastante parecido a un plan de exterminio,  señala el diario de La Nación.

Ahora logró un nuevo hito: bajarles el copete a los chacareros argentinos. Lo que no es poco, si se tiene en cuenta la última medición del Centro de Estudios en Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral, de Rosario, que determinó que debe haber pocos sujetos económicos en el país con mayor autoestima, confianza y optimismo.

Los agricultores de esta muestra representativa de la zona núcleo de la pampa húmeda, que promedian 48 años de edad y que por la encuesta comparada con la Universidad de Purdue son 8 años más jóvenes que los farmers norteamericanos, no tienen mayores complejos en considerarse los mejores del mundo.

Sin embargo, tienen el ánimo por el piso. ¿Cuál será el costo que terminará pagando el país por tener paralizada a esta fuerza emprendedora?

En el último Congreso de la Asociación de Productores en Siembra Directa (Aapresid) se pudo apreciar esa “fuerte sensación de agobio, un estado que se corresponde con esos días nublados, fríos y con neblina de otoño”, según la descripción del hasta ahora eterno optimista Miguel Calvo, presidente de Acsoja.

Los productores que llenaron las salas de conferencias sobrellevan la certeza que el sistema de alta presión impositiva, retenciones a las exportaciones, inflación de costos y atraso cambiario no tendrá modificaciones en los próximos dos años, por lo menos. Una mochila demasiado pesada para enfrentar la continua baja de la cotización de los granos en la Bolsa de Chicago. Esta semana, por el maíz de la próxima cosecha los exportadores ofertaron 150 dólares por tonelada con entrega abril y mayo. Lejos de los 195 dólares de hace un año, cuando la sequía afectaba a la agricultura norteamericana. Descontando fletes, comisiones, secadas y gastos de liquidación, los precios netos que reciben los productores se mueven en los 100 dólares para el oeste bonaerense y menos de 90 dólares para el norte argentino. Con estos valores quienes sacaron los márgenes y los rindes de indiferencia de la próxima cosecha gruesa experimentan una angustia similar a la que sufrieron en alguna de las últimas secas.

La renta está fuertemente jaqueada en todos los esquemas productivos. En la primera línea de fuego están aquellos que trabajan los campos marginales, de menor aptitud agrícola, y que alquilan más del 70% de la superficie. Un trabajo de CREA va todavía más allá. Afirma que por el aumento de los costos, la baja de precios y los derechos de exportación, el maíz sería sólo rentable en un 25% de las zonas productivas. Concluye, por ejemplo, que en Carlos Tejedor, oeste bonaerense, el maíz debería rendir 18% más que el promedio de las últimas seis campañas para cubrir los costos. Claro, sin retenciones, el maíz daría renta positiva con los rindes promedio en casi todas las zonas productivas.

A todo esto hay que agregar que si la situación económica de los cultivos es alarmante, las finanzas de los productores no se queda atrás. En el circuito comercial es notorio cómo reapareció el pedal financiero y el alargamiento de los plazos de pagos como resultado de un menor capital de trabajo en manos de los productores. Las dos últimas campañas agrícolas golpearon a buena parte de ellos, en especial a los del Norte.

A César Belloso, presidente de Aapresid, habrá que agradecerle que en sus palabras de apertura del XXI Congreso no gambeteó la situación y se encargo de poner nuevamente el caballo adelante del carro. Dijo: “Si no hay rentabilidad económica de nada vale disponer de un sistema sustentable en lo productivo ambiental”. La estructura productiva más eficiente sólo se pone en funcionamiento con la llave de ignición de la renta. Las palabras de Belloso oficiaron como una válvula de escape que ayudaron a descomprimir el clima de los participantes. No sonaron como un reclamo sino como una alarma. ¿Será algo más audible para el Gobierno?

El estado de ánimo de “día frío y nublado de otoño” de los chacareros se traduce en los hechos en una gran prudencia. Cautela que los vendedores de insumos y maquinaria, y hasta algunos de los propietarios de campos inferiores que quedaron todavía sin alquilar no dudarían de catalogar de exasperante. Según fuentes del mercado, esta actitud es la que tiene retrasada todas las operaciones de compras de insumos y contrataciones en por lo menos un mes. En el norte, las ventas anticipadas de insumos fueron la mitad de los últimos años. “Ni siquiera compraron glifosato que, como se sabe, tendrá un incremento de por lo menos un 25% en noviembre por la menor oferta de China debido al cierre de plantas chicas que no cumplían las exigencias ambientales. Comienza a pesar más lo financiero que lo comercial”, informaba Luis Calvo (h.), de Agros Soluciones, con fuerte presencia en el Norte.

Es lógico entonces que el retraso en las operaciones y la cautela abran un fuerte interrogante sobre la superficie trabajada para la próxima campaña.

Las alarmas de la agricultura están prendidas. Anuncian el próximo descalabro que se traducirá en nuevas pérdidas en el suelo, en los productores y en el país. Nadie gana.

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